jueves, 4 de septiembre de 2014

Virtudes públicas, vicios privados VS Virtudes privadas, vicios públicos.




Nuestros padres nos han enseñado a hablar, y el mundo a callar. 
Proverbio checo

Que ahí fuera hay una crisis moral paralela a la económica no hay ni que decirlo. Abuso de los recursos del Estado, analfabetismo funcional (eterno amigo del politico de "la casta", eterno lastre para la ciudadanía), modas frívolas cada vez más arraigadas y seguidas por la gente sin cuestionarse a dónde les lleva Internet o el Vanity Fair (cuyo culmen ha sido alcanzado por el llamado "ice bucket challenge"),  preocupaciones chorras que podrían plasmarse con el meme "First World Problems"...  Contra todo pronóstico, en lugar de hacer entre todos una sociedad mejor, creamos una sociedad que, si bien no es tan hipócrita como antes, es mucho más despótica con la gente que no cumple sus estándares, basados en una imitación mala, cutre y tardía del llamado American Way Of Life.

Creo que sería interesante que leáis lo que puse en mi entrada La patológica libertad del "Occie" para entender parte de la linea de pensamiento que desarrollo (aunque no es necesario). Antes la sociedad se regía por aquella conocida frase "virtudes públicas, vicios privados". En la Europa democrática y supuestamente "progre" de los setenta, si bien por la mañana se manifestaban contra el régimen del general Franco, por la tarde se ponían en comités a dar los llamados "visados de censura" a las películas, tal y como hace la Congregación para la Doctrina de la Fe (otrora Santo Oficio) para citar el índice de Obras de Arte prohibidas. Sociedad hipócrita, con valores en decadencia y con ideas nuevas en movimiento e incluso en acción. La gente se reunía a hablar, a debatir, a sacar enfrentamientos entre qué es vicio y qué es virtud. ¿Los pobres eran pobres por elección o por desgracia? ¿Es moralmente aceptable que una chica llegara "estrenada" al matrimonio? ¿Está bien ser ateo? ¿Era el marxismo el demonio? ¿El tabaco era perjudicial para la salud? ¿Si se curaba uno, era por que el Eterno quería o porque el médico acertó de pleno?

Todo eso era discutido en aquella época en que se podía fumar en el plató de Televisión Española en encarnizadas trifulcas dialécticas con dos protagonistas: En un lado, señores de traje de chaqueta acompañados de sus bellas, distinguidas y remilgadas señoras, también en traje de chaqueta (con falda eso sí) y con crucifijo de plata al cuello, más sumisas que O tras pasar por el castillo de Roissy y que de abrir la boca, repetían alguna frase que habían oído del púlpito el domingo. Debatían contra parejas jóvenes "en pecado", vestidos a la moda y enamorados de la moda juvenil, con tejanos, camisas bonitas y trencas los chicos; y chicas con blusas ceñiditas y pantalones vaqueros pitillo. Y terminaron imponiendo su visión del mundo contraria a la sociedad hipócrita en la que crecieron. Esos tertulianos que hoy serían unos seres muy normales, eran nuestros padres. 

Hasta bien entrados los ochenta, ambas visiones se enfrentaron. Pero poco a poco, la contestación de una generación se iba apagando: nuevos tiempos, nueva tecnología, nuevos modos de ver la vida, viejos vicios que ahora no eran tan depravados y que incluso gozaban de aprobación social... Una nueva sociedad hipócrita se empieza a engendrar. La visión de la postguerra mundial tenía, tardíamente, su victoria. Ya no se miraba las ideas, la visión del mundo, los proyectos de futuro. Se miraba el vestir, el coche, las ruedas que le ponías, dónde y qué comprabas. Los pubs de música tranquila y de charlas larguísimas para arreglar el mundo cerraban, dando paso a discotecas, salas de fiestas... Lugares que no son precisamente para hablar, sino para presumir y aparentar lo que uno quizás no es. Aquellos señores trajeados tuvieron su victoria, aunque ahora llevara permanente, tacones de aguja y fuera pintada como una puerta, en lugar de ser bella, pero sobria, casta y virginal o repeinada con la raya en medio con jersey de pico, pantalones de tergal y zapatos de "chúpame la punta".

La actual sociedad hipócrita (menos que su sociedad matriz, pero también muy hipócrita a su modo) es una sociedad que, si bien su matriz vilipendió la dictadura del proletariado y ridiculizó la influencia americana, aprendió rápido las mañas del Pacto de Varsovia y del llamado Mundo Libre. Es una sociedad programada para destruir cualquier reducto de aquella a la que en los setenta y ochenta se enfrentó. Resurgida de sus cenizas, es una sociedad que invade con marketing, consumismo feroz, propaganda sociopolíticocomercial, personajes maniqueos que parecen fabricados en una cadena de montaje... Critica la hipocresía cuando en su genoma tiene la hipocresía insertada. Tiene el control mental de la población, tal y como lo tiene la sociedad americana y lo tuvo la sociedad soviética. Eso sí, predica la máxima libertad. Como decía Lenin: Libertad sí, pero ¿para quién? ¿Y para hacer qué? ¿Para el que vive sin pensar en el mañana? ¿Para el que piensa que toda su vida va a tener dieciocho? ¿Para ir de farra y no hacerte preguntas? ¿Para ahogar en alcohol tu alma? ¿Para ganar el mundo y perder el alma? ¿Para hacerle sentir a otro acomplejado porque no tiene tantos músculos como tú? ¿Para someter a los que no piensan como tú? ¿Para convertir los institutos en copias burdas de los americanos? 

Desgraciadamente, a eso a quedado reducida la libertad: a seguir los mandatos de la dictadura del qué dirán. Al igual que en las naciones del Pacto de Varsovia y la América con el Comité de Actividades Antiamericanas. Y esa sociedad enferma tiene consecuencias. ¡Curioso ver que una sociedad que cree que ninguno de sus actos tiene consecuencias cause tantos problemas a su alrededor y, en particular, en su seno! Y luego, se regodea subiendo a la red vídeos con testimonios sobre víctimas de bullying o sobrevivientes de intentos de suicidios, cartas de despedida de suicidas que no se sabe si lo lograron, gifs animados de películas amorosas cutres... Y luego son ellos mismos los que han hecho bullying, han practicado formas de discriminación feroces y muchas veces injustificadas, basándose en los mismos (pero con otro nombre) criterios de la sociedad matriz. Y luego... ¡Defensores de los débiles y desvalidos de la existencia! ¡Que no me defiendan, por los clavos de Cristo!

Estamos asistiendo a la sociedad más enferma mentalmente (que no físicamente) que se recuerda. Esa gente es muchas veces víctima de esta sociedad enferma, ansiosa por aparentar en las redes sociales una felicidad que probablemente sea más falsa que un euro de plastilina. 

Decidme, ¿es verdadera? 

En algunos, sí, porque forman parte del genoma de la matriz. Pero en otros, sus miradas revelan desdicha. Desgracia. Pena. Desean ser libres. Libre para poder hacer lo que en sus corazones desean. Libres para poder decir al cielo que desean de corazón ser amas de casa sin que las llamen beatas del Opus por no ser de ejecutivas agresivas. Libres para poder tener éxito en la vida sin pisar una discoteca. Libres para creer que hay otra cosa en la vida que no es el aparentar, el dinero, o los coches de gran cilindrada. Libres para creer que hay valores, que hay amor, que hay esperanza, que hay pasión, que hay una sociedad en la que no hay caretas ni dobleces.

Ahora, para finalizar esta entrada, quiero que penséis en unas cosas:

Si llevas flores en la cabeza como las modelos rusas, demuestra que también llevas flores en tu interior hablando como los ángeles.

Si te educan para ser un príncipe, recuerda que debes ser ejemplar. Algún día, llevarás un cetro y una corona. Y lo mismo si eres reina

Sigues la moda. No es pecado ni problema. Pero atrévete a crear tu propia moda. ¡Sé original!

Haz que la bondad y el respeto sean trending topic en tu entorno.

Ayuda a quién se sienta perdido a encontrar su camino. Pon tu cultura, tu conocimiento, tu afecto, por muy escasos que sean, al servicio de las personas que para ti valgan la pena.

Nada de "si fuera más guapa y un poco más lista". Todos somos hijos del Señor y todos tenemos luces y sombras. Y tú, en tu pequeña grandeza, eres perfecta y para alguien serás perfecta.

Una cara bonita adornada con un carácter infumable convierten a la mujer más bella en una del montón.

Hay vida más allá de tu último ex. No te acomplejes.

Si quieres hacer cosas de adulto, compórtate como tal.

No reces para cambiar el mundo. Reza para que el mundo no te cambie a ti.

Muchas gracias y buenas noches.





martes, 2 de septiembre de 2014

TRIBUNA: Nuevo año, nuevas mañas, por favor - Manifiesto para un curso ejemplar, la dignidad de las personas y el respeto a nosotros mismos.


Acá hay tres clases de gente: la que se mata trabajando, las que deberían trabajar y las que tendrían que matarse.
Mario Benedetti (1920-2009) Escritor y poeta uruguayo.

La Facultad de Medicina de Albacete se dan cita durante nueve meses al año, cuatro semanas al mes, cinco días a la semana, las mejores cabezas de este país. Una demostración del poderío académico (que no intelectual) de esa gente es que pueden permitirse el lujo de desperdiciar el bien más escaso del estudiante de medicina: el tiempo. Unos lo pierden yendo a fiestas de las que salen con los pies por delante en una camilla del SESCAM, debido a su alto nivel de alcohol en sangre. Otros dedican buena parte de sus horas muertas intentando cambiar un mundo hostil el cual, por desgracia y a pesar de los buenos esfuerzos de mucha buena gente llena de buena voluntad, no tiene viso alguno de cambiar. Y luego están los que se permiten  tirar el siempre (al menos para mí) escaso tiempo para estudiar por el desagüe haciendo mobbing a los compañeros (supongo que en su desconocimiento de lo ferozmente penado que está el acoso laboral). 

Y alguno dirá, reproduciendo aquella frase del protagonista de un anuncio de una conocida firma de automóviles japonesa "¿Y Franco que opina de esto?"... ¿Y Delegación que opina de todo esto?

Esa es muy buena pregunta, las cosas como son.

El cambio de delegados de este año pasado en la Facultad desde primero a segundo ha traído una serie de actitudes que me parecen infames, indignas e impropias de los profesionales de la salud y, sobre todo, de aquellos que trabajamos al servicio de los otros en instalaciones del Sistema Nacional de Salud. Todas estas actitudes se resumen en un menosprecio a la dignidad de las personas por parte de ciertos elementos que formaron parte de la Delegación de la XIV Promoción (subrayo ciertos para que se vea claramente que no son todos) más preocupados de su imagen de -por así llamarlo- "animadores socioculturales" y de personas "populares" que de sus deberes como líderes políticos del estudiantado y amenazas de estos a personas que solicitaban hacer ejercicio de sus inalienables derechos como individuos. 

Por tanto, ¿y Delegación que dice de esto? Delegación dice la nada con sifón (eso sí, con mucho sifón). No opina ni de cómo hacemos uso de nuestro tiempo libre (¡para eso sí hay (y ha de haber) manga ancha mientras no se dañe a los demás!) ni sobre la imagen lamentable de algunos cargos electos que hubo en su seno el pasado curso académico. Quizás porque en parte la institución se ha contaminado de las mañas de cierta casta de señoritingos que creen que son la leche y que creen que nadie les juzgará por sus actos, sino por sus actos "guays" propios del instituto (que luego no hacen tanta gracia) y sus caras bonitas (cosa a la que sí están más acostumbrados).

No me quejo por haber sido víctima del siniestro sistema de elección de grupo impuesto casi a punta de rifle de asalto por parte de ciertos elementos de alto rango de Delegación  de la XIV Promoción, en un abuso de poder y haciendo una interpretación antidemocrática e interesada de lo que salió en las urnas electrónicas el día del referendum (el mejor invento de Delegación en los quince años de vida de la Facultad)

No me quejo de que en el sorteo en el que quedó reducido mi derecho a decidir (aceptado como mal menor y, principalmente, para que al pobre subdelegado de curso de segundo de la XIV Promoción D.G.A. no se lo comieran vivo y el pobre pudiera vivir en paz y felicidad) me haya tocado el mismo grupo en el que llevo los últimos dos años (entre otras cosas, porque ninguno de los perpetradores de este acto de robo de la democracia es de mi grupo de siempre. Y lo que es más, el actual grupo B (antes grupo 1) y yo hemos hecho las paces, celebramos nuestra reconciliación y ahora no los cambiaría por nada en el mundo). 

Me quejo de que ciertas personas hayan presionado a un miembro de alta gradación de Delegación para negar el derecho a la libre elección. Me quejo de que hayan amenazado a compañeros para que no fueran a determinados grupos con hacerles el vacío y darles de lado, cuando ellos no habían hecho nada malo a nadie desde que entraron por la puerta de la Facultad por primera vez en primero. Y de lo que más me quejo es que haya tenido que ir hoy, a primera hora de la mañana y en ayunas (¡ojo al dato!), a hacer valer los derechos fundamentales de compañeros y evitarles así un ostracismo injusto, vil y deleznable. Y volvería a ir allí a primera hora de la mañana y en ayunas, recién levantado, a defender sus derechos una y todas las veces que haga falta. 

Va a empezar un nuevo curso académico. Este curso es un signo evidente de madurez: vamos a ir al hospital, vamos a estar con enfermos de verdad, vamos a aprender Medicina con eme mayúscula, vamos a tener una experiencia inolvidable al lado de médicos y demás personal sanitario. Seremos veteranos (ahora sí) de esta guerra llamada medicina. Seamos dignos de ese honor y recordemos que lo que nos hacía tanta gracia con dieciocho años no hace ya tanta gracia con casi veintiuno-veintidos años. 

De esta entrada no pretendo sacar ningún provecho político, porque no pienso ni presentarme ni votar a ningún candidato que se presente en las próximas elecciones a delegación de la XIV promoción de Medicina (hoy en tercero), y porque la imagen de impunidad de ciertos Mussolinnis e Imeldas Marcos de opereta ha calado muy hondo en el estudiantado. Pero quiero que todo esto que os acabo de contar se sepa. Quiero que se conozca que, para que unos sean tan guays y divinos de la muerte otros tienen que sufrir mobbing gratuíto y ver sus derechos individuales mermados y su dignidad menospreciada.

Quiero que se conozca la espiral de vanidad, frivolidad y puerilidad casi patológica que se ha creado en una facultad de alto elitismo académico cuya buena fama empiezo ya a considerar inmerecida.

Porque cuanto antes se sepa y se censure, antes podremos seguir con nuestras vidas académicas y no tendremos que levantarnos todos los días para defender a otros más débiles en ayunas.

¡Viva la UCLM, la Facultad de Medicina de Albacete y el Grupo B, y su líderesa, C. G. B.! ¡Viva el CEEM y su líder supremo, Juan Pablo Carrasco! ¡Viva la Delegación de Alumnos de Medicina en Albacete, libre, abierta y democrática! ¡Mueran los tiranos que mancillan nuestro buen nombre!







RELATO: Un día hecho por una máquina.

Se despertó a las cinco de la mañana. No podía dormir. Se levantó y se hizo un café calentito que se lo tomó en la cama. No tenía ganas de ir a ningún lado. Era lunes, pero no tenía que trabajar. Y de haber tenido que ir a trabajar, no hubiera ido. Estaba perdido. Perdido como ningún hombre en la tierra. Su corazón estaba emponzoñado con el estigma del pobre que hubo un día que el mundo se fue al carajo. Decidió hacer algo para entretenerse, huyendo de aquellos pensamientos funestos que le acompañaban: Estoy de baja, pero cuando quiera volver, me darán el finiquito y quizás Anita, una suerte de ángel emputecido que por no perder su empleo tenía que tirarse al ichi-ban de la empresa, le daría un besito en la mejilla a modo de despedida. Era la única que le caía bien en aquel antro de lameculos y vástagos del nepotismo imperante en la empresa privada, que, a pesar de ganar dos veces el salario mínimo, se creían ejecutivos de una gran empresa. Fantaseaban. ¿La mitad? En la puta calle. ¿La otra mitad? Ya sabeís. Yo soy el pelota primero...

Otra vez pensamientos negativos. El psiquiatra le había animado a tener una vida más positiva. Miró alrededor. Su habitación. Tres paredes blancas, una ventana, una televisión, una cómoda, el armario... Anodino todo. Gris todo. Daban ganas de pintarlo todo de negro. Suicidándose se pondría todo negro. Negro como la nada, negro como el carbón... Stop pensamientos negativos. Encendió la tele. Lo único que ponían eran programas de concurso que eran engañifas toleradas por el Estado presentadas por reinas de la belleza caídas en desgracias. Puso la televisión pública. De momento, ponían un relojito. Sonaba de fondo un programa de música jazz. La música amansa a las fieras. 

Se tendió en la cama. Miró el relojito moverse. Tic, tac, tic, tac, tic, tac... Infinitas veces. En ese momento, dieron las seis. Una voz femenina en off dio los más afectuosos saludos desde España y anunció la programación del día. Sonó el himno nacional, con la bandera nacional de fondo, flameando en un hermoso cielo azul. Empezó un programa especial dedicado al estado de la mar. Todas las mañanas, cuando trabajaba, se levantaba con el estado de la mar, por radio. Antes usaba la televisión como despertador. Ahora, usaba la radio. ¿La razón? La radio era más amigable desde que murió Helena. La locutora que hablaba de vientos de fuerza cuatro en la Mariña lucense le recordaba a Helena. ¡Qué vacía la vida sin la nenita! Si hubiera podido morir con ella... 

Tras el estado de la mar, llegó el telediario matinal. Estaba presentado por otra esclava moral semejante a Anita, solo que sometida brutalmente a la dictadura del Estado. Sus ojos dejaban traslucir, por mucho Vispring que le echaran, su intervención en las orgías brutales que la casta gubernamental daba en sus mansiones de Pozuelo. Sumisa. Muy sumisa. Leía las miradas de ella. La primera le dijo: "Quiero morirme. No es vida." La segunda: "Lo que estoy leyendo son sucias mentiras que me perpetúan en un mundo de horror". Dentro noticia. Una mujer bella, resuelta, morena, con las mismas dotes de mando que un tirano, hablaba a unas Cortes que estaban llenos de varones y féminas vestidos de colores anodinos. Distinguió a un joven diputado de la oposición mirando a la tirana con pavor. Él quedaba asombrado como el género femenino había evolucionado desde la sumisión en una escalinata triunfal hacia el poder absoluto. Entonces, cómo es que la presentadora, la perfecta burócrata y polvo insignia de los amiguitos de la Lideresa (tal vez incluso de la propia Lideresa de ese Estado semisiniestro y ordenancista hasta la nausea). Cambio de noticia. Otro alto politicastro salía en la tele. Mejor encarado que la posible dominatrix anterior. Sonriente. Hablaba de cambio. ¿Cuál? ¿El de su Citröen AX por un Rolls-Royce? Cachondeo puro y duro. 

Apagó la tele. No le gustaba ese mundo repetido, hecho como por obra y gracia de una máquina. Caras tan similares, mundos tan horripilantes...  España, ¡qué alegre te vendes y cuántas dobleces albergas! ¿Te hacen en serie? Stop pensamientos negativos. Otra vez la omnipresente voz del psiquiatra aconsejándole. Si mirara este mundo de mierda, entendería a lo que me refiero.

jueves, 21 de agosto de 2014

Psychoworld Of The City Of Fauxness: El "gángster".



Siempre sentado en su sala semi-oscura, en un buen sillón, rodeado de jóvenes eslavas. Muy hermosas. Ellas competían silenciosamente por ver quién era más complaciente con él y a cuál escogía como compañera. Eran chicas objeto. A él no le importaba esa competición ni mucho menos el hecho de que las chicas estuvieran por su poder. Bastaba con que ellas estuvieran a su lado. Al fin y al cabo, de mamá no heredó precisamente el gustar a las chicas con veinte años, don que sí su padre disponía.

Las acarició. Cerró los ojos y se dejó embriagar por el hermoso perfume de la de la izquierda, mientras que la de la derecha le lamía el cuello. Viajó su mente a su infancia, cuando su abuelo le contaba historias de juventud. Su mente recordó aquella historia de cuando su abuelo fue a aquel seminario donde este había tratado de tener una vida moderada al servicio del Señor y de su pueblo. Recordó aquella historia del pater que le impartió sexualidad y que repetía siempre esa frase de "El hombre es fuego y la mujer, estopa". Dos semanas más tarde, fue expulsado del seminario y, un mes después,  Peter Faustin empezó su periplo en el mundo del crimen. Y hoy, con otro nombre, su linaje, nombre señero del Sindicato del Crímen, seguía existiendo.

Abrió los ojos. Recordó cómo se llamaban los bombones eslavos con los que compartía sofá. La tetona de la derecha de ojos azules y cabello castaño se llamaba Katia. Y el ser angelical, de cara de manzanita, no menos dotado, pero de ojos de color café y cabello rubio, se llamaba Erika. Miró a Erika, miró a Katia. Besó a Erika, y besó a Katia. Eran realmente dulces y encantadoras. Además, excelentes cocineras y compañeras. Lo mejor para el mejor. El único hombre que respetaba el todopoderoso alcalde de Fauxness y que hacía a más de uno en esa ciudad temblar de pavor. Yuri Faustin Filorov. De padre mafioso y ruso y mamá hija de un congresista demócrata por Massachussets y proveniente de diez generaciones de irlandeses. Se casaron por amor, pero nunca la Mafia del Este de Europa ni la Irlandesa habían conocido unión más perfecta y maravillosa para los malévolos intereses de unos pocos.

—Man is fire. Woman is oakum. But they are both together in the same way because of the Original Sin that comdemned us to wander far away from Paradise, in this world of pain, anger and wrath. Women are those who send us out of paradise, because they seduced us due to the evil charmes of Eve. And because of Eve fault, all women must be subjected always to their husbands will in order to prevent them to be even futher from Glory and God's teachings and precepts. So Lord wanted it.—dijo con una sonrisa. En esas les dijo.— Esta y otras más eran las paridas que se tragaba mi abuelo en el seminario de Boston. Creo que el pater que dijo aquello nunca tuvo el honor de estar con dos encantos como vosotras.

Ambas rieron. Las besó otra vez. Erika se movió en su sitio y abrió el escote. Katia hizo lo propio. Ambas se lanzaron miradas asesinas entre sí. Yuri Filorov era uno de esos chicos que detestaban los enfrentamientos sin necesidad. Sabía que lo mejor era que en su banda todos se llevaran como hermanos, debido a que mañana podían estar muertos todos. Hasta esos dos bombones que desde hacía una semana besaban sus labios con la misma devoción que si besaran los pies de un santo podrían (quisiera Dios que no) estar desangradas y violadas después de muertas.

—Haya paz, nenitas. Vamos a estar juntos mucho tiempo, si Dios quiere. Katia, Erika, sois los grandes amores de mi vida. Nunca creí que iba a vivir para conoceros y amaros... A las dos. Por igual. Soís maravillosas. Os quiero mucho, tanto a la una como a la otra. Y quiero que sintáis un aprecio enorme la una por la otra. Sentios queridas, puesto que así seréis felices. Y ahora, ¿por qué no os dáis un beso entre vosotras? Al tíito Yura le haría muy feliz.

Tatiana tomó a una trémula Erika y posó sus labios sobre los suyos. Se sobaron para el regocijo de Mathew Filorov. En esas, Katia, desnudó a Erika y empezó a hacerle sexo oral. Erika, sumisa, empezó a practicarle una felación a su amado, mientras luchaba por no sucumbir de placer fácilmente ante las dulces caricias de la lengua de Katia. El joven Filorov sonrió y chilló a sus amigos al otro lado del pasillo:

—¡Dimitri! ¡Nikolai! ¡Me quedo con las dos! ¡Son maravillosas!

jueves, 5 de junio de 2014

Muy, pero que muy traviesa. [ERÓTICO]


Erika era una de mis mejores amigas. Al poco de enviudar, siempre me venía a visitar, alegrando el otrora feliz hogar que pretendí, hasta que el cáncer y la de la guadaña se confabularon y dijeron lo contario, construir con mi difunta Gloria. Llenar el vacío de Gloria era difícil. En vida, era elegante, dulce, cariñosa y una amante excelente, que había cuidado de mí como si yo fuese una de las joyas de la Corona Británica. Yo confieso que también cuidé de Gloria, pero, a pesar de ser médico, de poco me sirvió toda mi formación cuando Chris Lind, el oncólogo del hospital dónde trabajaba, le diagnosticó un cáncer ovárico en fase IV, con metástasis en varios órganos y que le quedaban meses de vida y que cualquier movimiento era vano. Quizás, en ese mar de desgracia en el que mi amor se ahogaba, lo único que me pareció un consuelo insulso fue cuando me dijo Gloria: "Richard, fóllame el culo. Sé que te he dicho a eso que no siempre, pero ahora todo es distinto". Cuando le pregunté si le dolería, se llevó las manos a su vientre, donde ese tumor crecía sin control y sonrió diciendo: " Esto me dolerá más que un polvo contigo".  

Hacía ya dos años que Gloria murió. Siempre me decía Gloria que no dudara en volverme a casar, que no era de esos chicos que debieran quedarse sueltos, que me había sentado bien. Y tras dos años, estaba allí, en aquel salón con las persianas bajadas desde el día que murió lo más bonito que me había pasado nunca. Erika había venido todos los días, de lunes a domingo, durante esos dos últimos años, para alegrarme la existencia. El trabajo y Erika ocupaban todo mi tiempo: no había nada más. La depresión que me había causado perder a Gloria me habían convertido en un personaje gris y sombrío, el cual no tenía amigos ni tenía nada que pudiera mínimamente rememorar que había más cosas en la vida que no fueran estudiar y Gloria.

Erika hacía siempre lo mismo cuando venía a mi casa. Primero, me hacía la comida y limpiaba y ordenaba un poco, sin reproche alguno, con una sonrisa. Luego, se sentaba a mi lado, en el mismo lugar en el que Gloria se sentaba, y hablaba conmigo. Luego me ponía la cena, hablaba otro rato y me dejaba acostado con un beso en mi mejilla. Cualquier hombre viudo desearía tener a Erika para que le cuidara y evitar a hacer una locura. Ella había soportado mi ira, mi impotencia, mi rabia por no haber podido hacer nada por Gloria, mi soledad más inmensa y no se había quejado. Erika, el angelito, venía metódicamente todos los días.

El día en el que se cumplieron los dos años de la muerte de Gloria, Erika había venido como siempre a casa. Mientras fregaba el suelo, la miraba con expresión perdida y me escapaba al mundo en el que nada de aquello pasó y Gloria y yo seguíamos juntos. Esa tarde me resultó imposible pensar en Gloria. Y era porque había otro pensamiento que rondaba mi cabeza: llevaba dos años sin entregarme a otra mujer. Lo ignoré y volví a mis recuerdos más felices, pero enseguida pensé otra vez en el sexo. ¿Cómo era entregar tu cuerpo a una mujer? ¿Qué sentía ella cuando tu miembro la penetraba? ¿Cómo era esa mirada de complicidad cuando te miraba tras haberse tragado tu semen tras una felación? No recordaba nada de eso.

Mis ojos se clavaron en Erika, que fregaba el suelo a mano. Era una rubia muy bonita, de elegantes bucles y ojos de color marrón, llenos de viveza y alegría de vivir. La miré de arriba a abajo. Si Gloria era elegante de figura, Erika era un auténtico bombonazo: bajita, tetona y con cadera, pero sin por ello dejar de ser una belleza. Si Gloria tenía un pecho pequeño, Erika era el sueño americano hecho busto de mujer: una talla 100 natural en la que cualquiera desearía meter la nariz. Su carita de manzana, preciosa, de adolescente, iba acorde a sus 26 años. Y esas manos elegantes, fregando el suelo, con unos movimientos enérgicos, hacían desear que le fregaran la cabeza al hermano pequeño. Y todo ello, con el encanto de una blusa blanca empapada en el sudor de un junio caluroso. Mientras, la lencería negra actuaba, en su busto, como una Presa de las Tres Gargántas para contener aquel frenesí anatómico. 

Sentí, por primera vez en dos años una erección. Inconscientemente, me había embobado mirando a Erika y Erika me sonrió. ¡Por Dios, qué sonrisa más bonita! Era un ser venido de otro mundo. Tenía el sex-appeal de una mocosa y la inocencia de una santa. En ese momento, ella acabó de fregar y se desabrochó el botón de la blusa.
—Hace calor aquí, ¿no? Voy a poner el aire...
¡Hostia si no hacía calor, Erika! Si ya eres una bomba de relojería, ver tu numerito de Miss Junio había puesto mi mente a pensar maneras de proponerte un episodio de sexo desenfrenado sin que te asustaras como un conejito. Mientras, me perdí en la visión de su culo, realzado por los tacones de diez centímetros que se solía poner para ir a trabajar en la directiva del hospital. Me mordí el labio inferior. Debía ser fuerte: cuando Erika se marchara, me haría una paja que haría historia, dejando marcas imborrables en mi colchón, como la de la sangre de cuando saqué de niña a Gloria. Erika se acercó a mí y me preguntó:

—¿No quieres salir a dar un paseo? ¿Ir a cenar? Vamos un momento a mi casa y me cambio y me pongo algo más elegante. Además, salir con una persona te hará recordar qué era vivir en sociedad. No puedes vivir enjaulado siempre.
—Erika, ¿te importa que hoy, como hemos hecho estos dos años, socialicemos en casa? Hace mucho calor ahí fuera...

Erika sonrió y no tuvo inconveniente en volver a sentarse. Era lógico si pensamos que Erika De Vries había sido enfermera antes que directiva y tenía una abnegación por las personas infinita. Sin embargo, sus ideas revolucionarias y eficaces como gestora la había catapultado de planta a los despachos. Se sentía genial cuidándome. Era como si yo equivaliera a todos los enfermos que no había cuidado en años. En ese momento, se sentó a mi lado y me dijo:
—¿Quieres hablar de algo?

Sus labios rosados se movieron de una manera increíblemente provocativa. Erika no pretendía seducir, pero su atractivo sexual subía enteros cuando Miss De Vries hablaba. Su voz era tan dulce y tan bonita... Se abrazó a mí. Su pecho blandito se posó sobre mi brazo. En ese momento, sentí que mi miembro se trempaba. Luché por no correrme encima. El tacto de su mano era tan dulce y tan lleno de cariño que no dudé en cogérsela. Erika no se lo tomó a mal. Sonrió. En esas me dijo al oído las palabras mágicas que catapultaron los acontecimientos:

—¿Sabes que me pareces muy guapo y que creo que eres un chico encantador?

Tomé a Erika de la cintura y la besé. La besé deseándola. Ella no oponía resistencia, como si hubiera estado esperando ese día toda su vida. Ella me devolvía suavemente los besos, llenos de lujuria, llenos de afecto. Sentía algo por mí. Amor, amor, amor, amor y amor. Hundí mis dedos en su pelo. Jadeé en su cuello. Adoraba sus bucles rubios. 

La senté en mi regazo y ella se dio cuenta de lo cachondo que estaba. Sin mas reserva abrió su blusa y, para variar, no llevaba un sujetador negro, sino un body que sujetaba su pecho sin necesidad de taparlo. "Ya decía yo que tenía demasiada tela negra encima", pensé. 

—¿Por... por qué me estás dando esto, Eri?
—Porque Gloria me pidió que cuidara de tí. Además, la cara de lobo que me has puesto hoy era impresionante. ¿Ni siquiera llamaste a una fulana para que te alegrara las pajarillas?
—No...
—Disfruta de mi, baby—dijo ella—. Porque quiero hacerte feliz todos los días. 

Sonreí por primera vez en dos años. En ese momento, mi boca fue a sus pezones. Gimió, pero yo me regodeaba en sus pechos. Ella ponía facilidades para que lo chupara. Me encantaba. En ese momento, ella empezó a acariciar mi polla por encima de mi pantalón. Se puso de pié y apartando el pecho de mis narices me dijo:

—Lo que te voy a hacer ahora te va a gustar más que chuparme las tetas, corazón.

¡Y vaya si cumplió su palabra! Sacó de la bragueta mi miembro y con sus labios de princesa de Sonatina, empezó una mamada suave, elegante, pero a la vez, distinta a las que me hacía Gloria. Era mucho más ardiente y más sexy. No en vano la madre de Erika era polaca y como buena eslava, era una fuerza de la naturaleza. 

Cuando mi pene estuvo bien empapado de saliva, fue rodeado por los pechos de ella. Con un movimiento rítmico suave, y con sus pechos llenos de saliva y a veces estimulado por su boca, mi pene se hinchó como nunca. Una cubana en toda regla. Erika me lanzaba miradas y me dijo:

—Córrete en mis tetas. Sin reserva alguna. Ya me limpiaras luego.

Dicho y hecho. Una explosión de dos años de celibato saltó en su escote. Semen, semen, y semen. Erika sonrió. Miss de Vries ahora mismo era una explosión de dulzura combinada con porno. Y eso me encantaba. Su manos fueron a dar con mi semen y se metió el semen en la boca, como si fuera el más exquisito manjar. Se chupó los dedos y lamió otra vez mi polla.  Erika mamó otra vez suavemente, se sentó en mi regazo y se restregó mi polla por la vagina. Mientras se la metía me ponía las tetas llenas aún de lefa en la boca. Me besaba también y yo cuando tuve mi segundo orgasmo en dos años  le dije:

—¡Te amo, de Vries!

Ese fue el inicio de mi segundo matrimonio. Nunca jamás sabré cuál es la Eri inocente ni cual es la buscona. Pero siempre me encantará su forma de proceder.

lunes, 21 de abril de 2014

Unas manos prodigiosas [ERÓTICO]




Moira era mi novia desde hacía ya varios años. Su madre era costurera y su hija iba para heredar una tienda que me devolvía a mi niña bonita con un bonito olor a detergente industrial con olor a lavanda. Sus manos eran una verdadera maravilla y había días que bajaba a verla sólo por el mero hecho de ver sus bonitas manos moverse como una centella. Moira me fascinaba en todos los aspectos: blancura de cal, ojos agua marina, color de pelo granate químico, bajita, esbelta y de poco pecho, pero de carita de manzana, y esas manos de alargados dedos de pianista que se movían con suma rapidez, sin hacer monótono su trabajo, sino algo fascinante. Ver a Moira juguetear con un bolígrafo, llevar el tenedor a la boca, hacer el crucigrama del periódico o tal vez mover la aguja era ya fascinante. Sólo con sus manos ya podía hacer todo un mundo. Luego Moira no solo estaba adornada de las virtudes de Aracne, sino también con un mundo interior que a cualquier chica le gustaría tener: Su inteligencia no era la más destacada de aquel colegio católico en el que estaba estudiando bachillerato (su madre jamás había logrado terminarlo puesto que quedó encinta de Moira), pero creo que era de otro tipo de inteligencia que la mujer moderna tiende a desdeñar puesto que la considera machista y falocrática. Me refiero a la bonita inteligencia natural, la misma que habitó en la materia gris de una reina como aquella que, con tenacidad de bulldog, levantó un imperio. Romántica, sensible, pero consciente de que una mujer debía comportarse con cierta categoría y no pedir imposibles a nadie, no ejercer de bruja manipuladora ni tampoco forzar a nadie a hacer algo que no quiera. Y eso lo había tenido claro desde muy niña, y no solo porque las profesoras laicas se lo ordenaran a las alumnas, sino porque también se lo pedía la razón.

Yo, que estudiaba ya en la universidad, estaba encantado con ella. Era un mundo diferente. Más joven, menos abierto, pero no menos maduro, ya que Moira le daba ese dulce deje de madurez que a las chicas de esas edades bisoñas, como los 18 abriles de Moira, les es difícil de tener. Probablemente porque Moira estaba ya mirando más hacia la tienda de su madre que hacia las ambiciones de sus compañeras. Y Moira la cogía con ganas porque le gustaba coser, le gustaba el tacto de la tela, el brillo de la aguja, el galope de la máquina de coser eléctrica. Era todo lo que había soñado. Y su madre, tan bella como su hija, aunque había insistido en que Moira fuera a la universidad, Moira estaba dispuesta a tomar las riendas de la tienda, aún cuando podría haberle ido bien sobradamente.

Una tarde, muy cerca de las ocho, harto ya de estudiar fármacos, fármacos y más fármacos, bajé a ver a Moira a la tienda. Estaban cerca de cerrar y quería despejarme hablando con una personita encantadora que era algo así como esa alma gemela que todo hombre debiera tener.

Moira estaba distraída en el mostrador. Estaba jugueteando con su móvil hasta que al oír el tintineo de la campana de la puerta que indicaba que tenían un cliente levantó los ojos y se puso ya casi en disposición de trabajo. El rostro de ella se iluminó cuando me vio aparecer.

Se lanzó a mis brazos. Era como un hada... Pequeñito, bello y agradable. Además, siempre se caracterizó por llevar siempre la ropa en su sitio y en perfecto estado. Una sencilla blusa y una falda vaquera hasta la mitad del muslo, cubierta con un delantal, eran su uniforme de trabajo esa noche.

—Mory, ¿que te cuentas?
—Nada, que hoy ha sido una tarde aburrida. Mi madre ha marchado al centro a comprar algunas cosas y yo me he quedado sola en la tienda. Sólo vino el señor Ferguson a buscar su traje y luego... viniste tú.

La besé con indescriptible dulzura. Tomé una de sus manos y entrelacé sus dedos entre los míos. La besé dejando que los segundos fluyeran poco a poco. Jugueteé con su cabello rojizo ondulado y siempre busqué esa mirada de complicidad que teníamos entre ella y yo. Ya estaba acostumbrado a besarla aún con el escaparate de la tienda abierto de par en par y viéndose de forma nítida el interior. Recordé que ese ángel era mi chica, así que empecé a juguetear con mis manos. Lo primero que hice fue acariciarle la espalda por debajo de la blusa.  Sonrió. Los besos se volvieron más apasionados. En ese momento, Moira se separa suavemente de mí y me dice:

—¿Me permites?

Acto seguido, se encaminó hacia la puerta y volteó el letrero de "abierto/cerrado" hasta la posición de cerrado. Acto seguido, se encaminó a la trastienda apagando todas las luces de la tienda menos la de la trastienda. Me tomó la mano y me llevó hacia allí.

En la trastienda tenían, aparte de la máquina de coser y setecientas mil bobinas distintas, cintas métricas, agujas, una cama de matrimonio grande. Esa cama era la que usaban para dormir en la tienda en caso de que tuvieran mucho trabajo. Moira jugueteó conmigo. En ese momento, ella, con infinita suavidad abrió su blusa, dejando ver un bonito sujetador negro. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba tendiéndola en la cama, despojándola del resto de su ropa. Tras quedar con un bonito conjunto de ropa interior negra, la contemplé... Jamás la había visto tan bella. Acaricié con las yemas de los dedos su sexo sobre sus elegantes braguitas. En ese momento jadeó y gimió. Tuve una erección al ver sus preciosas manos agarrarse a la colcha por puro placer. Pero antes de que se pusiera como una moto y quisiera más (una de las cosas que más me gustaba de Moira) le tuve que decir:

—Moira, no tengo preservativos aquí. ¿Voy a buscar uno?

Moira se incorporó y me dijo:

—Para darte cuartelillo no necesito grandes lujos. Túmbate, príncipe.

Obedecí y Moira se puso a mi lado. Parecía que tenía frío, puesto que se volvió a poner la blusa. Se bajó en sujetador para que le viera el pecho y de un abrazo la acerqué a mí y me llevé sus pezones a la boca. En ese momentó, noté que algo se movía entre mis piernas y era la mano de Moira sacando mi pene. Acto seguido, esa mano blanquecina empezó a tocarme con suavidad, mientras yo besaba a Moira con fuerza y con placer... Siempre había soñado que Moira me hacía una bonita paja, porque tenía esas manos de ángel. Las manos de ella se movían siempre como yo quería. Me conocía ya. Ví las yemas de sus dedos acariciando con suavidad mi glande y apretándose contra el cuerpo del pene, mientras entrecerraba los ojos entre un inmenso placer. Moira de vez en cuando me movía la cabeza, pensando en que era buena idea besarme con suavidad, con dulzura mientras su mano sacudía, con cada vez más furia, el hueso divino de cuyo esperma brotan los ángeles.

Diez minutos así, y me llegó el momento del clímax. El semen brotó como un volcán y yo jadeé como una colegiala tras perder la virginidad. Jamás había tenido un orgasmo. Moira en ese momento, miró la mano suya. Estaba llena de semen blanco, espeso, abundante... Empezó con una elegancia de gato a lamerlo para complacerme. Acto seguido, se lo tragó.

Pasamos otro rato así besándonos, ya vestidos, tendidos en la cama. En ese momento, apareció la madre de Moira:

—Moira, ¿ha venido mucha gente?
—Nada más que el señor Ferguson y Lillian, mamá.
—Hola, señora—respondí.
—Moira, veo que os apetece un poco de intimidad... ¿Tienes mucho que estudiar esta noche, Lillian?
—No, señora.
—Llévate a mi hija a cenar y luego a dormir contigo. Seguro que tantas horas solo encerrado en una habitación hacen apetecible estar un poco acompañado y tener una mano amiga...

****

lunes, 7 de abril de 2014

A un espejo no le puedes engañar.




La miré como soportaba estoicamente el paso del trapo embebido de alcohol de la enfermera que le curaba las heridas de la espalda. Había visto las fotos del parte de lesiones y puedo jurar que aquella espalda estaba hecha una llaceria, lo bastante como para hacer gritar a una mujer adulta de dolor indescriptible al mínimo roce de un trapo con alcohol de 70º. Pero parecía comprender que su espalda ahora era el blanco favorito de los bichos que pululan por el hospital y provocan las infecciones nosocomiales.

Iris ya no era la dama divina, la ninfa favorita de Zeus, la chica de las anacreónticas que inspiraban a los más frívolos franceses de la época a un casquete, ni si quiera era la reina de su marido: ahora era una niña mona que se había pasado de lista y que ahora estaba pagando con creces su mala cabeza y su mala elección a la hora de escoger al hombre con el que compartir el resto de sus días. Si bien ella no era trigo limpio, su ahora ex-marido, un ricacho con mucho dinero y poder, resultó ser un psicópata que esclavizó a la pobre Iris de todas las maneras posibles, desde la violación dentro del matrimonio hasta las brutales palizas. Y no eran de estas palizas de jueguecitos sadomasoquistas, sino palizas de muerte, dadas a mala idea. En el parte de lesiones figuraban también dos costillas rotas, dos intervenciones quirúrgicas para salvar su bonito pellejo y un trauma que no le hacía ni gurgutar.

Iris había sido cruel conmigo en el pasado. Bella, inaccesible, divina, ocupó mis desvelos mucho tiempo. Siempre la más bonita, pero siempre manejándome para hacerla feliz mientras otro se acostaba con ella y disfrutaba de sus besos. Cualquiera diría las palabras "¡Jódete, puta barata, así aprenderás!". Pero, por mucho que ella me hiciera sufrir, por mucho que ella me hiciera llorar, jamás la odiaría. Yo era psiquiatra y sabía por sus ojos que jamás volvería a hacer algo así. Iris había sido mala, pero no lo bastante como para desearle mal. Conocía a otras chicas a las cuales Dios había castigado todavía más, pero sus actos todavía eran más graves, pero su castigo había sido proporcional a la severidad de sus faltas. Pero era consciente de que Iris no había sido totalmente mala a lo largo de su vida. A pesar de ser una de las llamadas "divinas de la muerte", Iris anidaba buenos sentimientos en su corazón. Pero quería que terminara su calvario viéndome por última vez. No quería que se olvidara de mí.

Cuando marchó la enfermera, esperé un rato a que su cerebro se sumiera en su espiral traumática de nuevo. Quedó incorporada en la cama, con el pecho vendado y la espalda cubierta con una camisa blanca. Los cinturonazos de su marido no debían rozar la cama.

Abrí la puerta. Iris seguía sumida en su vorágine de malos tratos y de violencia doméstica, y no se había dado cuenta de que había entrado. En ese momento, me puse al lado de un espejo que había en una cómoda que servía a modo de armario. Me puse de espaldas a ella, mientras veía su cuerpo con el espejo y dije en voz clara:

—Hola, Iris.

Iris giró rápido la cabeza. Parecía asustada. No se había percatado de que había entrado. Sus ojos destilaban terror. Decían: "¡Dios mío! ¡Ya tuve bastante con el cerdo de mi marido! ¿¡Por qué me mandas ahora a uno de los que me querían de verdad?! ¿¡Quieres Tú que sea él, el único bobalicón que se preocupó por mí, el que ponga punto y final y me cierre los ojos?! ¿¡Tan puta fuí, Oh, Señor!?" Sus labios parecían tratar de decir algo, pero su faringe no alcanzaba a decir algo. Gruñó con elegancia y relajó su mirada.

—Me he enterado de todo. No sabes cuanto lo siento. Por fortuna, ese cerdo con tirantes pagará una indemnización multimillonaria y dinero, mucho dinero. Podrás volver a las andadas, a conocer a otro chico con el que disfrutar tu fortuna y seguirás siendo bella... Pero serás consciente de que tu belleza, tu talento, tu inteligencia, de esta no te han salvado, ¿no es así, Iris Blázquez?

Iris dulcificó la mirada.

—Iris, no voy a darte ningún sermón de la montaña, ni tampoco voy a ponerme a colmarte de atenciones, ni a mimarte como si fueras mi hermanita. Siempre pensé que tarde o temprano acabarías así. Pero nunca creí que fueras a caer en desgracia. Hay mucha gente que esa jugada de jugar con los demás le sale bien. Me sorprende ver que a Iris "El verso de Bécquer" Blázquez no le fue bien. No sabes cuanto lo lamento. Te gustaba ser así. Y entre todos te lo fomentamos, Iris. Entre todos fuimos engrandeciendo tus defectos y disminuyendo tus virtudes hasta convertirte en Nefer, la malvada cortesana de "Sinhué el Egipcio". ¿Has leído la novela de Mika Waltari? Sinceramente, me gustó más la película. Está mejor hilada.

Iris titubeó. Me seguía taladrando con sus ojos de milano la espalda. Esbocé una sonrisa. La tenía bajo control.

—Tan... to daño...—dijo ella. Su voz era cantarina, pero venida a menos, grave como la de una chica escandinava. Llorosa, incluso. Sin entonación—Te... hice tanto... daño...
—No tanto como las violaciones y palizas de tu ex-marido. Iris, no te pido que seas buena, no te pido que aprendas la lección. Simplemente, quiero que no vuelva nunca a verte sufrir. Una mujer como tú no debería tener que verse postrada en una cama de un hospital público, traumatizada, torturada por tu pasado y por un Fantasma de las Navidades Pasadas como yo. No quiero verte otra vez sufriendo, llorando. Quiero verte prepotente, hermosa, creída, confiada, fuerte y divina, como lo fuiste siempre. No quiero que me des las gracias por mi visita, no quiero que me mandes flores ni bombones, no quiero que seas mi novia, no quiero que hagas conmigo un hogar con una niña que pudiéramos tener entre los dos, ni que vayas al altar del brazo de tu padre. Quiero que seas la misma reina, déspota y avariciosa que siempre fuiste, aquella chica por la cualquiera se moría por lamer sus zapatos. Sé otra vez La Reina, Iris.

—La Reina murió—ladró ella, sin despecho.

—Las reinas no mueren, Iris. La muerte las iguala a los demás, pero no dejan por ello de ser mujeres de cabeza coronada. Y por más que intentes engañarme, yo solo veo a una chica que brilla con más luz que los focos del quirófano donde la salvaron de la muerte. Y a mí puedes engañarme—en ese momento, tomé el espejo—Pero al espejo, no.

Dejé el espejo en su sitio. Jamás volvería a hacer algo así. Dañada, insultada, vilipendiada, maltratada, despeinada y descorchada como una botella de champán. Ese fue el precio a tantos años de dolor y prepotencia, de carácter "rabanito", de tortura a los más la amaron y jamás fueron correspondidos. En ese momento, Iris Blázquez se levantó de la cama. Prevenido ya de los traumatizados y de los desequilibrados, ya me había vuelto. En ese momento, se abrazó a mí. Tenía los electros del pecho aún pegados y aguantaba estoicamente  los movimientos y tirones de las tiernas suturas de la operación. Miré sus ojos, su piel blanca, y noté aún su perfume bajo el alcohol del 70, y el olor a desinfectante. En ese momento, se levantó de puntillas y me besó con suma dulzura. No eran los besos que me daba a mí en el pasado, falsos y helados. Era un beso sentido, distinto, lleno de calidez, un beso de amor puro, cariñoso, lleno de afecto, de los buenos sentimientos que tienden a anidar en una mujer. Jugueteé con su pelo castaño un rato. Tenía ganas de sentirme un caballero. Le correspondí el beso con dulzura. Después de todo, no era yo ni su psiquiatra ni su internista, no debía sentirme mal.

La senté en la cama tras tomarla en brazos y me besó otra vez. La besé otra vez. Aún un poco sorprendido, me dijo:

—Ojalá encuentres a alguien que no te haya hecho tanto daño como yo... Y que sepa valorarte más de lo que hice yo... Y ahora me doy cuenta de que vales tu peso en oro...

La besé otra vez y la callé. Inmediatamente la tapé y le dije.

—Las niñas buenas se van a dormir prontito para ponerse buenas, ¿vale? Descansa, Iris. Ha sido muy duro el día de hoy.


Iris murió esa misma noche. No fueron las infecciones nosocomiales. No fue una hemorragia interna. Simplemente, la más bella, la más bonita, la más déspota y la más bruja representante del género femenino, había muerto. Tal vez se sintió mal. Tal vez pensó que había abusado de su suerte y deseó que su corazón se apagara, con tanta firmeza que lo consiguió. Su muerte fue mientras dormía plácidamente. Conociéndola, seguro que soñaba con una nueva vida conmigo. Si antes pecó de mala e ingrata, ahora pecó en su hora final de soñadora y romanticona.

Sin embargo, ese día teñido de negro fue también el día que conocí a la que hoy es mi esposa. Y a veces pienso que es la propia Iris reencarnada, o que a cambio de ese deseo al cielo ofrendó toda su vida. Nunca lo sabré y, francamente, prefiero no saberlo.